jueves, 12 de julio de 2018

Pedaleando por los campos rusos


Pedaleando por los campos rusos

Me fui a dormir sin poner el despertador y así fue como me levanté a las 10 de la mañana, habiendo perdido ya 7 horas de luz para poder pedalear. Tenía que salir lo antes posible, me bañé rápidamente y acomodé la bici como para poder irme. El dueño del hotel se acercó y me dio su tarjeta para que la tenga por si necesitaba algo, también me ayudó a acomodar todo en la bicicleta, sin dejar ninguna cosa suelta y que no se me caiga nada a mitad de camino.

Eran las 11 y ya estaba pedaleando, primero tenía que hacer los 5 kilómetros que había retrocedido el día anterior, es horrible cuando te pasa eso. El GPS volvió a desviarme por otros caminos internos hasta que finalmente terminé saliendo a la autopista, sí,  la mismísima autopista. Algunos dirán que estoy loco, pero muchas veces las autopistas suelen ser lo más confortable para andar en bici, especialmente por el tamaño de sus banquinas. Sin embargo, acá en Rusia las banquinas son finitas, en algunas partes se hacen anchas y en otras desaparecen, pero la mayoría del tiempo son finitas. También algo que me llamó la atención es que la autopista tiene semáforos, sí, semáforos, cuando atraviesa un pueblo y el semáforo se pone en rojo todos los autos frenan y se colapsa la ruta.

El ritmo de pedaleo era lento, las pendientes un poco pronunciadas y la bici si bien es muy cómoda para la ciudad, no está preparada para hacer este tipo de caminos, ni soportar tanta distancia. En verdad la bici se la banca, el que no se la banca es uno. Tomando en cuenta esa situación, decidí que la mejor opción iba a ser tomarme un tren
hasta Smolenks, de acuerdo a lo que había visto en una aplicación de trenes rusos, el próximo iba a salir desde Mozheyst, un pueblo ruso en las afueras de Moscú al que llegué a eso de las 10 y media de la noche tras haber pedaleado unos 91,3 kilómetros.

La boletería de la estación estaba cerrada, le pregunté a una persona si hablaba inglés, me dijo que no, pero utilicé el traductor para preguntarle donde podía sacar los pasajes y me dijo señaló que debía hacerlo en el andén de la estación, que se encontraba en el medio de las dos vías férreas. O sea, tenía que cruzar el puente con la bici totalmente cargada, para ir a sacar el pasaje.
Por suerte el puente tenía como dos barras de metal sobre su escalera, que estaban para utilizarse como rampa. Empecé a subirlo con la bici toda cargada y una persona se acercó a ayudarme, milagrosamente hablaba inglés, así que aproveché para preguntarle donde debía sacar el pasaje, me dijo que lo haga en las máquinas que estaban en el andén. En ese mismo instante llegó su esposa desde de un tren proveniente de Moscú, él le contó mi aventura y ella no lo podía creer.  Vladimir, mi nuevo amigo, me había dicho que debía comer algo antes de sacar los pasajes, entonces le pedí que me sugiera un buen lugar para ir, él me dijo que se encargaba de traerme algo y se mandó nomás. No alcancé a avisarle de que era vegetariano, pero su esposa lo llamó inmediatamente por teléfono para advertírselo. Al rato apareció con un wrap vegano, con dos panes rellenos de “kartoshka” (papa) y con una coca, le agradecí por el hermoso favor que me hizo y cuando le quise pagar se negó rotundamente, les insistí sin parar y se negaron ambos con total firmeza. Vale aclarar lo siguiente, ya que muchos me dirán “Topo, vos sos un experto en obtener gratuidades”, es verdad, pero siempre y cuando provengan de corporaciones u organizaciones varias, pero nunca de los laburantes.

Vladimir me mostró sus fotos en el partido de Rusia – Egipto, el de la goleada por 5 a 0, yo les mostré las fotos del partido Argentina – Francia, eran bastante fanáticos del mundial, de hecho, la esposa de Vladimir, que trabajaba en recursos humanos de Coca Cola, tenía una edición especial de las botellas de vidrio de Coca en las que estaban tallados los resultados de cada partido. Les pregunté si vivían en Mozhaysk y me dijeron que vinieron a visitar a la abuela de Vladimir y luego regresaban a Moscú.
Me agregaron al whatsapp y se sorprendieron de que en mi foto aparezca con traje, mi imagen seguramente que aparentaba ser la de un mísero pordiosero. Después de un buen rato de charla, Vladimir fue a sacarme los pasajes, bajó el al andén así no tenía que ir yo con la bicicleta cargada, cuando regresó me dijo que no se podían sacar los pasajes en las máquinas y lo que tenía que hacer era subirme al tren cuando venga y arreglar con el guarda. El pasaje costaba 1.200 rublos y me advirtió de que cuando me cobren no pague más que eso.  Me despedí de ellos regalándoles un llavero de Argentina a cada uno y me quedé esperando en una especie de hall vació que tenía la estación, en el que aparecía cada tanto algún borracho para utilizar el baño.

Media hora antes de la 1.13, horario en el que llegaría el tren, tras haber vuelto a cargar la bicicleta en el puente, ya estaba en el andén. El guarda me dejó pasar sin ningún problema y ahí me quedé esperando la llegada de la formación. En el andén éramos muy poco, además de mí y el guarda, estaban dos policías y una
señora que vendía café, nadie más. Me tomé un buen café “chorni” (negro) y los policías intentaron charlar conmigo, pero la barrera idiomática impedía cualquier tipo de conversación. Al rato apareció otra persona más que iba a tomar ese tren, me dijo que me iba a ayudar a subir la bicicleta. Llegó el tren y las guardas sólo me pidieron el pasaporte para ver si estaba “legal” en el país y subí sin ningún tipo de problema, dejé la bici toda armada en un pasillo y me recomendaron llevarme las cosas de valor conmigo. Me asignaron una litera (en la parte de abajo por suerte) y una de las guardas me trajo sábanas y una almohada para que duerma. Nadie me había pedido pasaje, nadie me había cobrado nada, me resultaba raro, sabía que en cualquier momento iba a venir un terrible guadañazo.
Dormí alrededor de una hora cuando el tren paró en una estación que no recuerdo el nombre, el chico que me ayudó a subir la bici en Mozhaysk me dijo que teníamos que ir a sacar los pasajes, el tren iba a estar detenido ahí por 15 minutos así que teníamos tiempo, sacamos el pasaje en la ventanilla de la estación y nos terminó costando tan sólo 700 rublos.

Eran las 2 y media de la mañana y ya era de día, la noche no existe en el verano ruso, costó dormirme con la luz del sol, pero de a poco lo fui logrando. Cuando ya estaba plácidamente dormido, me vinieron a despertar diciéndome “Smolensk”, ya había llegado.

El video de la aventura en el siguiente link: 











martes, 10 de julio de 2018

Salir de Moscú


La calle Prospekt Mira dejó de albergarme en Moscú, me despedí con mucho afecto de los residentes de la Moishe House, lugar donde me hospedaron de onda durante todos estos días y me hicieron sentir con la calidez de un hogar en una ciudad tan lejana. Me pregunto tan lejana a qué ciudad, si a Beijing o a Buenos Aires, pero ese sería un tema de debate para otro momento.

Eran las 11 de la mañana y salí nomás, la bici estaba llena de bártulos, otra vez la pesadilla de llevar muchas más cosas de las que necesitaba y preguntarme entonces, por qué mis viajes no consisten en algo sencillo: una valija y una mochila, ir a un aeropuerto o a una terminal de trenes, subirme a un avión o a un coche moderno, llegar al punto de destino y listo. Pero no, ahí estaba, como siempre me pasa, arriba de la bicicleta. Porque la bicicleta es la aventura, es conocer lo que no está escrito, es inmiscuirse en otras realidades, las realidades que el turista no ve. Es así que salí con el objetivo de llegar a la ciudad de Smolenska, que está a unos 360 kilómetros de Moscú y para eso tenía pensado pedalear durante tres días. Decidí dar mi última vuelta por Moscú y grabarme en la retina aquellas maravillas arquitectónicas que seguramente volveré a ver, ojalá, dentro de muy poco tiempo.

Las ciudades tienen una fuerza magnética que te aprisionan, no dejan que te escapes de ellas con facilidad, estamos encerrados entre sus calles y escaparnos puede resultarnos algo agobiante. Moscú no fue la excepción y creo que comparándola con las otras urbes de las cuales he huido, la capital rusa fue sin dudas la peor.
Todo venía bien, a pesar de la cercanía con la que me pasaban los colectivos y camiones, hasta que una vez en el conurbano moscovita el mapa de Google me llevó a un camino sin salida… No fui austero con las puteadas y antes de resignarme a seguir, cambié la modalidad del mapa pasando de “a pie” a “en auto”. El nuevo mapa me llevaba por un sendero hermoso, poco tránsito y sin tantas pendientes, así estuve tranquilo por unos 5 kilómetros hasta que la alforja delantera se desprendió, era una caja de plástico que había atornillado yo mismo al manubrio de la bicicleta y que como era de esperar dada mi nula habilidad, la caja terminó rodando por el piso… Cabe destacar que aproveche la resistencia de esa caja para poner las cosas importantes, como la computadora, la cámara, el pasaporte, etc. Todo eso rodo por la ruta, por suerte cayó para el lado de la diminuta banquina, levanté la caja y con unas sogas la até resto del equipaje en la parte trasera de la bicicleta y continué el viaje.


La cosa empezaba a mejorar, el camino no se terminaba, la caja no se caía, pero… aparecieron las pendientes, malditas pendientes que debía atravesar con una bici de tan sólo seis cambios (un solo plato y seis piñones). Pedaleé duro, como cuando hice los Siete Lagos, pero con una pendiente que no era más empinada que la del Parque Lezama. Cansado llegué a la ruta que conducía a Smolenska, lo bueno era que las pendientes habían desaparecido, la felicidad volvió a resplandecer en el camino hasta que después de haber pedaleado unos pocos kilómetros desapareció la banquina, los camiones abundaban y no bastaba circular por la línea blanca para evitar el atropello. Antes de que me pasen por encima decidí frenar y regresar hacia atrás, al lugar donde había banquina, me puse a buscar otra ruta en el mapa y había una a 10 kilómetros de ahí atravesando unos caminos internos. No sabía si la nueva ruta iba a tener o no banquina, pero me mandé igual, atravesé calles extrañas y llenas de pozos para conectar una ruta con otra y los monoblocks soviéticos eran el único paisaje, bloques de piedra que tapaban a un sol naranja que comenzaba a esconderse a eso de las 9 de la noche, pero con la suerte de que en el verano ruso el atardecer es paulatino y dura hasta las 11.


Como por arte de magia llegué a la otra ruta, que sí tenía una banquina aunque bastante pequeña, lo que sí, a unos 2 metros de la ruta había un camino peatonal que me resultó mucho más cómodo para poder pedalear sin tener que estar atento al tránsito. No sabía a donde iba a dormir esa noche, quizás en las mesas de una estación de servicio o directamente no iba a dormir.

Finalmente llegué a un centro comercial donde pude sentarme en las mesas de un McDonalds y chquear donde podía llegar a pasar la noche, estaba muy cansado y realmente no quería dormir sobre una mesa, empecé a buscar en internet y encontré un hostel a 2 kilómetros regresando por la ruta en la que vine. Allí me dirigí, costó encontrarlo pero finalmente llegué. Como era de esperar, los de la recepción no hablaban otro idioma que no fuera ruso, una chica que estaba parando ahí sabía un poco de inglés y me vino a ayudar, pero esa traducción sólo sirvió para decirme que en el hotel no aceptaban a extranjeros, algo que me había sucedido varias veces en China y que esta vez comenzaba a pasarme en Rusia. Insistí y rogué, pero nada, me terminaron mandando a otro hostel que me marcaron en el mapa, estaba a 3 kilómetros regresando por la misma ruta, o sea que en total iba a perder 5 de los kilómetros recorridos. Este hostel estaba a unas 10 cuadras de la ruta, en un barrio todo obscuro con calles poco asfaltadas y el ladrido de los perros era la música de fondo. La calle por la que me mandaba el mapa se terminó, otra vez lo mismo, volví a putear, como hice en la tarde y retome por otro lado, lo hice caminando, ya no quería pedalear más… a lo lejos vi una casa con luces violetas en las paredes, aparentaba ser un prostíbulo más que un hostel, pero mientras hubiese una cama para dormir me conformaba.

Llegué y había dos personas en la puerta, les indiqué con señas que quería quedarme, me hicieron entender que no, moviendo el dedo índice hacia los lados. Insistí e insistí, mientas por dentro pensaba por qué no había traido la carpa. Saqué el celular y en el traductor les escribí que no hablaba ruso, que era argentino, que venía en bicicleta y que necesitaba un lugar para dormir. Siguieron diciéndome que no, recurrí al humor como herramienta infalible y les escribí en el traductor lo siguiente: “menos mal que existe la tecnología para que podamos entendernos, sino estaría peor que Argentina en la Copa del Mundo”, parece que eso los aflojó un poco y me preguntaron si mí idioma era “spanski” (español). Les dije “da” (“sí”) y me dijeron “minuto”, que por suerte se dice igual en ambos idiomas.

Esperé ese minuto y se acercó la esposa del dueño, Julia, que había estudiado español en la universidad de Moscú y había viajado varias veces a Barcelona, sólo vino para decirme que no podía quedarme en ese lugar, porque la ciudad estaba sitiada y no se podían recibir extranjeros ya que era una zona de fábricas militares y que ahí en ese hostel se quedaban los obreros que venían de otras partes. Estaba jugadísimo, insistí sin parar y les rogué que por favor me dejaran quedar ahí, que era una sola noche y que me iba cuando ellos me decían, tanto insistí que finalmente me terminé quedando.

Me pidieron que sea sólo por esa noche y que lo hacían como excepción Dejé la bici en un cuarto, le saqué todo el equipaje y me mandaron a una pieza con seis camas, pero donde iba a dormir yo solo. El estilo soviético resplandecía en los colores grises de las paredes, las camas con elástico de alambre y la foto de Stalin colgada en la oficina administrativa. El dueño del hotel me pidió el pasaporte y el FAN ID, que funcionaba como tarjeta de entrada Rusia, escaneó las dos cosas y me cobró la suma de 1.500 rublos (25 dólares).

Lo primero que hice fue pegarme un baño, volví al cuarto y me golpearon la puerta, era el dueño invitándome a comer, le dije que era vegetariano y me sirvieron un plato de papas hervidas con kétchup, una rodaja de pan y un chocolate que me dijeron que era para el té, un té rojo riquísimo.  Estábamos en la mesa junto al dueño del hotel, su esposa Julia estaba en la cocina, una relación puramente machista. Apareció otro ruso y luego un bielorruso que trajo un vino de su país y que insistió para que lo pruebe, tal era la insistencia que tuve que degustarlo y resultó ser más rico de lo que esperaba, en verdad estaba buenísimo.  

Si bien la conversación era imposible de llevarse a cabo, sólo usando el traductor de Google o mediante Julia, ellos insistían en querer hablarme y yo también quería saber más de la vida que llevaban, pero sólo me hacían preguntas y evitaban responder lo que yo les consultaba. No duré tanto en la mesa, estaba cansado de los 57 kilómetros pedaleados y me fui a dormir para continuar la aventura al día siguiente.













Podés ver el video en el siguiente link:

domingo, 1 de julio de 2018

Una vez vi un mundial

Ya teníamos encima 14 horas de viaje, en rutas con semáforos y calzadas en reparación, con 5 controles policiales en los que nos pedían portar todo el tiempo nuestro FAN ID y un mal humor reinante en un micro con asientos que no se reclinaban y un chofer que si bien era un peligro al volante, respetaba una sola norma de tránsito: la de no exceder la velocidad permitida.

Faltaba poco para llegar y me puse a charlar con Diego Iglesias, periodista de la radio Metro que tenía que salir al aire a las 16 horas de acá y no tenía mucha batería en el celular, le presté mi cargador portátil y salió el tema de que vivía en China, eso se transformó en un bombardeo de preguntas que permitió que el tiempo fluya con mayor facilidad y que me ligue (según me dijeron) un saludo por la radio.

A las 15.30 horas estábamos en Kazán, que parecía un ciudad argentina, no se veían rusos en las inmediaciones del estadio, salvo aquellos que formaban parte de la organización o los que atendían los negocios, franceses había pocos, tan pocos que la canción era “pasala vos, dámela mí, vinieron todos en un remís”, había muchos peruanos (siempre bancándonos) y chinos, que vinieron a ver a Messi (no a la selección). 
Las inmediaciones al estadio tenían espectáculos artísticos callejeros, algo raro de encontrar en la previa a un partido de fútbol, cuando en verdad se esperaba el olor a chori y la melodía de la hinchada enardecida.


Llegamos a tiempo a la cancha, pude enganchar un wifi en un bar para avisar que había llegado y luego perdí todo tipo de señal, había una conexión a wifi en la que te pedían poner el número de celular para que te llegue un mensaje de texto y así puedas iniciar sesión, algo totalmente ridículo, ya que la mayoría de los asistentes éramos extranjeros y contar con un número de teléfono y señal de roaming era bastante complicado. De todas maneras ¿quién necesita internet cuándo frente a tus ojos vas a tener uno de los eventos más importantes de la humanidad?

La algarabía argenta erizaba la piel y enorgullecía el sentimiento colectivo, éramos ese puño cerrado gritando por Argentina. Las camisetas de clubes antagónicos se entremezclaban en una misma ronda en la que se compartía una cerveza, un mate o un abrazo. Todos marchábamos a ser ese mítico jugador número 12, a bancar al equipo en directo, a influir con nuestro aliento en el ánimo de los que iban a acariciar la redonda.

Los controles de seguridad eran exhaustivos, estaba prohibido llevar trípodes de cámaras, ni lo sabía y pasé el control con el trípode en la mano, enseguida me mandaron a la entrada nuevamente para que lo deje en un lugar. Era todo un tema el tener que salir para volver a entrar, por lo que decidí meter el trípode en la mochila y pasar por otro puesto, pusieron la mochila en el scaner, luego la abrieron, vieron el trípode adentro y sin decirme algo al respecto me hicieron pasar sin ningún problema.

Entrar a un estadio provoca siempre ese vértigo inexplicable, ese pasto verde brilloso y las tribunas colmadas de hinchas te emociona hasta la médula. En el mundial todos nos transformamos en niños, nos sorprendemos como niños, lloramos y gritamos como niños, yo sin dudarlo era un niño, ese niño que en el mundial del 98´ tras haber perdido contra Holanda lo llevaron a tomar un helado para consolarlo y el heladero le dijo “ya vas a ver a la Argentina campeón del mundo, sabés la cantidad de mundiales que te quedan por ver” y ahí estaba el niño ilusionado con esa frase, todos los mundiales esa frase aparece como alentadora y quizás sea éste el mundial de verlo.

Fui con mi entrada en la mano buscando el asiento, me había tocado la puerta 6, área 114 b, fila 4, asiento 14. ¿Qué significa eso? Que sorprendentemente estaba atrás del arco, a tan sólo cuatro filas del campo de juego, a un punto tal que los suplentes de la selección estaban al lado nuestro mientras hacían el precalentamiento. Algo increíble esa ubicación, especialmente porque había sacado la entrada más barata de todas, a veces (muy pocas veces) termino cayendo bien parado.




El gol de penal de Francia lo vi al lado, eso no impidió que la hinchada deje de alentar y ese aliento se incrementó con el gol de Di María que dio el empate y el gol de Mercado que nos llevó al ánimo de victoria. El empate de Francia empezó a desmoralizarnos y ni hablar los dos goles sucesivos. Dejamos de cantar, nos amargamos, parecía una pesadilla, la ilusión de tenerlo todo y luego perderlo en un minuto, nos desbarrancamos y lo mismo le pasó al equipo. Agüero nos hizo respirar un poco, pero ya estábamos terminados, la última jugada con el gol de Fassio la tuve al lado, fue tremendo, si eso hubiese sucedido creo que entrábamos todos al campo de juego a abrazarlos, sin importarnos la seguridad, el FAN ID y la deportación… Pero no… La realidad fue cruda y triste, fue el partido más hermoso que tuvo el mundial hasta ahora, un partido en el que daban envidia los espectadores neutrales, ya que lo disfrutaron sin poner en juego sus sentimientos. Fue tedioso vivirlo como argentino, una ciclotimia de sentimientos que te terminan angustiando más de la cuenta. 


Estábamos afuera de la copa del mundo, un sentimiento confuso de alegría por haber visto un partido del mundial mezclado con la tristeza del adiós. Nos quedamos un rato sentados en la cancha mirando hacia la nada, puteando a los rusos que con cortesía nos decían “goodbye”, pero que no entendían que nosotros lo interpretábamos con un adiós a la copa. Por dentro puteaba a todos, desde los franceses a los rusos, desde Sampaoli hasta Messi, no se salvó ninguno, incluso puteé al heladero que me ilusionó con que algún día iba a ver campeón a la Argentina.

Pero no caben dudas de que ir a ver un partido del mundial y más que nada un partido de la selección, es uno de los gustos más hermosos que nos podemos dar en la vida, espero que pueda tener nuevamente la experiencia de ver el mundial en la cancha y ojalá que en Qatar pueda decir finalmente que el heladero tenía razón.


Pueden ver el video en mi canal de YouTube Haciendo clik acá






 Mi primer día en Moscú


Me levanté temprano, a eso de las 7 de la mañana, desayuné tranquilo las sobras de la cena del día anterior y me preparé para salir a recorrer Moscú. Empecé a caminar sus calles, no pudiendo dejar de contemplar tanta belleza arquitectónica, pasé por una casa de cambio en donde me hice unos rublos (1 dólar = 62 rublos) y a las pocas cuadras pude encontrar un shopping, me metí y encontré un negocio de electrodomésticos para poder comprar las fichas adaptadoras para los enchufes. 
Siempre que se va a un negocio de electrodomésticos, hay que buscar a los vendedores de las máquinas NesPressos, porque suelen ofrecerte café gratis para promocionarla. Dicho y hecho no me falló la teoría y ahí estaba disfrutando de mi capuchino gratuito. Continué con la búsqueda del adaptador y luego de consultarle a un vendedor, me dijo que le quedaba uno solo. Lo compré por 100 rublos (dólar y medio) y continué con el objetivo de llegar a la Plaza Roja.




En el camino me topé con la estatua de Karl Marx, con la que obviamente me fotografié. Llegué a la Plaza tras haber atravesado los controles de seguridad, poco rigurosos estando acostumbrado a los Chinos y cuando me acerqué al Mausoleo de Lenín, me dijeron que estaba cerrado, ya que no abre los viernes ni los lunes, excusa para quedarme hasta el martes en Moscú.




Aproveché que en la plaza había un grupo con una guía de habla hispana y medio que me colé. Le noté dos errores, que quizás tengan que ver con el hecho de que era rusa y se equivocó al traducir sus explicaciones al español.


Una es que dijo que Stalin fue sacado del mausoleo de Lenín en 1951, cuando en verdad aún estaba vivo, por lo que averigüé en internet y lo habían sacado en 1961 (quizás se confudió al decir el número), por otra parte dijo que la iglesia de San Basilio se llamaba también iglesia del 14 de marzo, por ser éste el día en que comenzaba a nevar en Moscú, cuando en verdad en esa época está por comenzar la primavera (quizás se equivocó comenzar por terminar). Quise interrumpirle para consultarle, pero tenía miedo de que se diese cuenta que estaba colado en el grupo.



Seguí recorriendo la plaza y encontré una familia con la bandera Argentina y la bandera Israelí, me acerqué para ver si los conocía, pero no. En ese instante un grupo de chinos comenzó a sacarse fotos con los nenes de esa familia y aproveché para conversar en mandarín con ellos. Una de las chinas de ese grupo me dijo que ella sabía que yo hablaba el idioma, sorprendido le pregunté cómo lo sabía y me dijo que ella había tomado el mismo vuelo que yo  (desde Beijing a Moscú) y que me había escuchado hablando chino con la azafata, de hecho se acordaba que mi asiento era el 49k… me dejó helado y paranoico.


El acento argentino flotaba por la Plaza Roja de Moscú, me sentía un poco en casa, era raro volver a escuchar nuestro hablar y que no provenga de algún amigo o conocido pekinés. Me acerqué a un grupo de Rafaela y me quedé charlando con ellos, en ese momento se acercaron unas rusas que quisieron sacarse selfies con nosotros por el mero hecho de ser argentinos. El mundial envolvía al a ciudad y era contemplado en cada esquina con los carteles, las camisetas de los distintos países y las personas caminando con su FAN ID como identificación permanente.


Regresé al departamento donde estaba parando para acomodar todo y tomar el tren que partía a las 20.48 con destino a Kazán. Una vez que llegué quise poner a cargar la compu y resulta que el adaptador no servía porque estaba mal hecho, puteé hasta en ruso, salí a buscar otro de inmediato y por suerte pude encontrarlo, literalmente, a la vuelta de la esquina. Mientras ordenaba todo me llegó un mensaje de una asociación de argentinos llamado Encuentro Argentino en Moscú, que me dijeron que había un micro que salía desde Moscú a la 23 para Kazan y que incluía la vuelta ¿el precio? Ni lo se los voy a decir porque fue carísimo. Tener pasaje de vuelta era un gran tesoro, porque de hecho quedarse en Kazán era imposible, no había disponibilidad alguna. Pude devolver el pasaje de tren y salir más tarde con el micro.

Me acerqué caminando al lugar de donde partía, había banda de argentinos, como buenos representantes de nuestra cultura, terminamos saliendo una hora más tarde de lo previsto, la salida de Moscú estaba congestionada, al punto tal de que tardamos cuatro horas en hacer 90 kilómetros. Los asientos un desastre y la comodidad pésima, Era imposible dormir e íbamos a llegar a muchísimo más tarde de lo que hubiese llegado si iba en tren. ¿Un acierto o un error? No lo sé, pero ya fue, estaba yendo a ver el partido de la selección y eso era lo más importante.

viernes, 29 de junio de 2018

Mi Beijing querido... cuando yo te vuelva a ver

Abandonar Beijing fue maravilloso, aunque en verdad siempre la llevás en tu cuerpo o al menos en tus pulmones después de haberte fumado toda su contaminación. Armé la bici con una alforja trasera, una valija chiquita y una alforja delantera que al parecer coloqué mal y se terminó cayendo después de haber hecho 2 cuadras.

Me fui pedaleando hasta el aeropuerto, 30 kilómetros aproximadamente, transité por la autopista, lo que creo que está prohibido, pero en Beijing las leyes viales son relativas, por lo cual hice caso omiso.

Una vez dentro de la terminal me puse a desarmar la bici, lo cual resultó sencillo por tratarse de una plegable, habré tardado unos 15 minutos en dejar todo acomodado. Fui a despachar el equipaje, ya faltaba poco para que salga el avión y estaba apurado, todo por esa manía que tengo de llegar sobre la hora a los aeropuertos. No me hicieron problema alguno por todo el equipaje y ya estaba con todos los bártulos en la bodega, listo para ir a ver el mundial. Sólo tenía en mente dos preocupaciones, donde iba a dormir en Moscú, ya que no había habitaciones disponibles en ningún lado y como iba a llegar a Kazan, la ciudad donde jugará la Argentina, pero iba a pesar como resolverlos una vez que llegue a allá.



El 49 k iba a ser mi asiento, ventanilla al fondo, como siempre. Cuando llegué estaba ocupado por un ruso, le dije que ese era mi asiento y que si por favor podía correrse, me dijo si el no podía quedarse en la ventanilla y le dije que no ya que siempre que viajo necesito ver por la ventana del avión, específicamente tengo que ver el ala, la turbina, para avisar si se llega a prender fuego… que se yo, manías de los aerofóbicos. Después de haber pasado un poco más de 7 horas arriba del avión y habiendo visto la película Truman en la que actúa Ricado Darín (bajón total para un viaje) llegué finalmente a la Unión Soviética, a la tierra roja tan anhelada, estaba en la bella, histórica y revolucionaria Moscú.

Lo primero que hice fue sacarme el famoso fan ID, ni una pregunta me hicieron en migraciones y ya estaba oficialmente en Rusia. Retiré todo el equipaje y me fui con un carrito a recorrer todas las terminales para encontrar la oficina en donde podías ir a recolectar las entradas, sin indicación alguna en el aeropuerto y preguntando de persona en persona lo terminé encontrando una hora después.


El aeropuerto estaba repleto de compatriotas y fue muy loco volver a escuchar el acento argentino, al menos emitido por personas que no conocía y eso me hizo sentir un poco en Buenos Aires, aunque estando en Moscú. Era raro dejar de tener apariencia de waiguoren (extranjero), podía llegar a pasar como local, cosa que jamás podría pasarme en China. Dos veces me hablaron directamente en ruso y luego pasaron al inglés cuando vieron mi cara de desentendimiento, a diferencia de lo que pasa en China que me hablan en “inglés” y los fuerzo para pasarlos al chino.



Había que empezar a resolver los dos problemas, tenía que encontrar pasaje a Kazán, todos los argentinos del aeropuerto estábamos en la misma, los mensajes que recibía en el whatsapp me decían también que era imposible conseguirlo, no había pasajes en los trenes gratuitos que puso la FIFA, tampoco en los pagos, tampoco micros y algunos en avión por más de 500 dólares. Estaba la opción de alquilar un auto, aprovechando los últimos 5 días que faltan para que me venza el registro, pero aparentemente si bien te lo alquilan, legalmente necesitamos una licencia rusa y eso podría ser un gran problema en el caso de que haya un accidente. A su vez tenía, que encontrar donde parar en Moscú, la calle no iba a ser algo ajeno en mí, pero por suerte Alejandro, un amigo del bicho, me contactó con la Moishe House de Moscú (Una organización internacional de jóvenes judíos) y me terminaron alojando ahí. Me animé a preguntarles si podían buscarme un pasaje a Kazán, quizás sabiendo ruso podían acceder a otras páginas y así poder encontrar algo. Dicho y hecho, a la media hora ya tenía un pasaje por 5000 rublos (unos 80 dólares aprox.)



Me tomé el tren desde el aeropuerto hasta la estación Belorusskaya por 500 rublos (8 dólares), pude subir con la bici sin problema. De ahí tenía que tomarme el subte hasta Prospekt Mira, eran tan sólo dos estaciones, en el caso de que no me dejaran subir con la bici me las hacía pedaleando, pero por suerte no dijeron nada, pasé tranquilo por 55 rublos (1 dólar), pero con la dificultad de que no había ascensor, por lo que tuve que tratar de hacer lo posible para acomodarla en la escalera mecánica, escalera eterna hasta el subte, ya que las estaciones de Moscú están preparadas como refugio 
antibombas y es por eso que se encuentran bastante alejadas de la superficie.

Fue difícil encontrar la casa donde iba a quedarme, pero finalmente lo logré, me recibieron con una cena y me prepararon un sofá cama en el living, no puedo quejarme. Continuará…


Podrán ver el video en mi canal de YouTube: 
https://youtu.be/tXKrGgQPyXw