domingo, 15 de julio de 2018

La mítica Lyuvabichi


Estación de trenes de Krasnoye
8.30 de la mañana partía el tren desde Smolenka hacia Krasnoye, la estación que de acuerdo al mapa estaba a 20 kilómetrose de Lyubavichi y por ende era la más cercana. Lyubavichi es  la tierra de donde proviene la mítica corriente judía jasídica Jabad Luvabith (Para los que no saben del tema, cuando vean a una persona en la calle utilizando un sombrero de tres puntas, barba y sin patillas largas, es muy probable que pertenezca a Jabad Luvabith). A las 8 de la mañana ya estaba en la estación, el tren interurbano era modesto, poca gente  y la bicicleta resultaba fácil de llevar, más que nada porque había dejado todo el equipaje en el hostel de Smolensk, ya que pensaba regresar por la tarde.


A las 10 de la mañana, después de haber recorrido 80 kilómetros en tren, ya estaba en Krasnoye, la última estación rusa antes de cruzar la frontera con Belarús.  Podía llegar a ver el borde con mis propios ojos, de hecho un tren proveniente del país limítrofe también acababa de arribar a la estación.


Típico paisaje pueblerino
Apenas me bajé del tren, agarré la bici y salí a recorrer los caminos rurales, una vez más el guía era el Google Maps. La ruta, a pesar de ser de ripio, parecía amena, el cielo gris amenazaba con la lluvia y el temo era que la tierra del camino se transforme en barro. Las cabras, las gallinas y las casas de madera componían el paisaje. Era una travesía agradable para los que nos gusta cada tanto escaparnos de las urbes y sentir el sabor del campo. La bicicleta estaba cómoda, sin peso, tampoco había pendientes pronunciadas y el ritmo de pedaleo venía en 20 kilómetros por hora, un lujo.
Camino rural
Habré hecho 20 cuadras en un camino solitario, cuando de repente escuché el sonido de un auto a lo lejos, me tiré hacia la derecha para que pudiese pasar con facilidad y cuando se acercó a mi lado se detuvo, lo primero que pensé era que iban a consultarme por algún camino, ya que al haberme visto en bicicleta supondrían que era un lugareño.  Pero al bajar la ventanilla descubrí que eran militares. Lo primero que me dijeron fue “pasporta”. Por esas casualidades de la vida se me ocurrió llevarlo, vaya uno a sabe por qué, porque en verdad siempre salgo sólo con el DNI argentino y/o el Fan ID. Al momento en que le di el pasaporte, el oficial se bajó del vehículo y abrió el baúl, me hizo una seña como para que pliegue la bicicleta y la guarde ahí… ¿Qué pasó? No lo sabía, me hicieron subir al auto y arrancaron. Lo primero que pensé fue que que quizá algún camino estuviera abnegado y me hacían el favor de llevarme. De compañero en la parte trasera del vehículo estaba un chico de Bangladesh, que hablaba inglés y medio que pudo explicarme la situación, tanto a él como a mí nos estaban deteniendo por haber cruzado de Belarús a Rusia sin haber presentado el pasaporte. Les pregunté utilizando el traductor si había algún problema y me dijeron que sí, gesticulando un sello con sus manos y diciendo la palabra “stamp”

La cuestión es que yo nunca había cruzado a Belarús, traté de hacérselos entender de mil maneras, pero los oficiales no hablaban inglés, estaba siendo detenido por el ejército ruso. El auto tomó la ruta y se acercó al puesto de control de frontera, nos bajaron al bengalí y a mí y nos llevaron a una casilla, ahí entregaron nuestros pasaportes, bajaron la bicicleta del auto y se fueron. Mientras esperábamos vigilados por otros soldados, se acercó un oficial ruso que hablaba en inglés y nos preguntó por qué habíamos cruzado sin haber realizado los controles migratorios, que habíamos cometido una terrible falta y que no podíamos irnos de ahí hasta resolverla. Le dije que yo nunca había cruzado a Belarús, que mi objetivo era ir a Lyuvabichi, que venía desde Smolensk y que a Krasnoye había llegado en tren, que todo eso era Rusia. El me dijo que el tren había venido desde Orsha y que eso era Belarús. Le dije que no, que venía desde Smonlenks, Rusia. Me volvió a preguntar si yo nunca había ido a Belarús y le dije que no, le mostré el pasaje de Smolensk a Krasnoye, también agarré la cámara y le mostré las fotos que había sacado en el camino. Me dijo que espere, le fue a hablar al oficial que estaba adentro de la casilla. Me preguntaron por qué estaba en Rusia, les dije que vine por la Copa del Mundo, entonces me pidieron el Fan Id (el cual había traido también de casualidad). El Fan Id, fue el as de espada, automáticamente me dijo “With Fan Id is not any problem”. Ahí el militar agregó que si iba para Lyubavichi quizás me vuelvan a parar en el camino, que les explique todo esto. Yo me reí y le dije “te lo expliqué a vos en inglés y no me hiciste caso, imagínate si se lo tengo que explicar a un militar en ruso”, el oficial se rió y ante la no respuesta le pedí que me grabé un video para mostrarle a los militares ante una posible nueva detención, se negó a hacerlo ya que no podía ser filmado con el uniforme puesto, le pedí que lo haga de civil y se volvió a negar.


En definitiva, ya había sido liberado, a pesar de que me hayan desviado 5 kilómetros del recorrido original. Peor suerte tuvo el bengalí, quien también había sido liberado por portar el Fan Id, pero quien no tenía manera de llegar a la estación nuevamente para tomar un tren hacia Moscú, ya que el vehículo que nos había traído se había retirado y tenía que regresar caminando (más de 5 kilómetros) o bien esperar que se acerque otro auto. Yo en la bici no podía llevarlo, así que sin más empecé a pedalear, primero recorriendo el camino adicionado y luego retomando el camino rural.

Camino con barro
El pedaleo seguía muy ameno, hasta que de pronto comenzó a llover. Me acordaba cuando una vez mi gran amigo Fabi me preguntó “Gordo, si llueve ¿qué hacés?” y la pregunta se responde en la ruta, cuando llueve… seguís pedaleando, el problema es cuando apenas se larga porque te empezás a mojar, pero después ya sos parte del agua. Y yo ya era agua y barro, el camino empezaba a abnegarse, la señal de GPS estaba perdida y la bicicleta con su rodado 20 y sus ruedas lisas, perdía la estabilidad, no era la mountain… Intenté forcejeando con el barro, pero no pude más, me bajé y seguí caminando. No sé si fue una buena decisión, porque a pesar de que los mosquitos nunca me pican, ese mediodía me había convertido en el almuerzo de todos los insectos voladores de esa zona, que quien sabe uno cuando fue la última vez que probaron la sangre humana. ¿Qué hacer? ¿Seguir? ¿Regresar? Intenté un poco más y de repente vi venir de frente a una cuatro por cuatro con un tráiler repleto de arena. Al verme, el conductor frenó, era un ruso de unos 50 años que llevaba a dos muchachos en la parte de atrás que no debían pasar los 20. El conductor bajó la ventanilla y comenzó a hablarme en ruso, no le entendí nada, obviamente. Saqué el teléfono y les escribí en el traductor que quería ir a Lyubavichi. Lo único que le entendí al conductor fue “Lyubavichi kaput”. En realidad no sé a qué se refería, se terminó yendo y yo me había resignado a regresar … sería para la próxima vez en la que venga a Rusia… Di vuelta subre mis pies y comencé a regresar, habré caminado unos 5 o 10 minutos cuando la camioneta volvió a acercarse, ésta vez sin el tráiler de arena ni los dos acompañantes en el asiento trasero. Volvíó el conductor a bajar la ventanilla y trataba de hablarme, pero no le entendía nada. Le dije “spanka”, “angliska” (español, inglés), ahí me dijo “deustch”, no podía creer lo que me había dicho ¿”Deustch”? le pregunté, “ia” me dijo “ij shprajt deustch” agregó … ¡estaba salvado! comencé entonces a hablarle en idish (Para los que no lo saben el idish y el alemán son bastante parecidos, como si dijéramos el italiano y el español). Así fue que me invitó a subir a la camioneta, plegué la bici y estaba adentro, seco y cómodo.

Arrancó y me dijo: “¿Lyubavichy? Lomir gein” (¿Lyubavichy? Vamos…) Mijail así se convertió con su camioneta Nissan, en el ángel salvador del camino.

El trayecto estaba peor que antes, todo devastado, me sentía en una travesía cuatro por cuatro, saltábamos para todos lados y Mijael, a pesar de la foto de la virgen que tenía al costado de su volante, no paraba de decir “oy oy oy “. Estuvimos más de media hora en la camioneta, así me contó que era ingeniero agrónomo, trabajaba en los campos de la zona. Criticó a Yeltsin y a Gorbachov. Pasamos por la casa de sus padres y me mostró las colmenas de miel alrededor del jardón. Me preguntó por qué quería ir a Lyubavichy, no le iba a explicar toda la historia del jasidismo y opté por decirle que era la tierra de donde vinieron mis antepasados, me preguntó el apellido y el único que conocía era Schneerson, el apellido del Rebe de Luvabith. Me dijo que los conocía y que el padre era amigo de ellos… incomprobable.

Monumento recordatorio
Placa Record
Finalmente llegamos, antes de entrar al pueblo Miajel paró la camioneta para cambiarse de ropa, tenía puesta la de trabajo y no podía entrar al pueblo sin estar presentable, por lo que cambió sus prendas embarradas por otras secas y limpias. En la entrada a Lyubavichi paramos para ver el monumento a las 483 víctimas asesinadas por los nazis, una piedra inlcuía el nombre en ruso de todas ellas y unas barras de piedra irregulares representaban los representaban. 






Luego seguimos hacia el centro de la ciudad, que era un poco más grande que Krasnoye, pero no dejaba de ser un shtetel, un pueblito. Al lado de la iglesia abandonada del pueblo, estaba reconstruida la sinagoga de Lyubavichy, me acerqué a la puerta y estaba cerrada, pero tenía un número de teléfono tallado aparentemente con una llave. Marqué ese número y me atendió un ruso, le pasé el teléfono a Mijael, que seguía al lado mío y habló con la persona del otro lado. Cuando cortó me dijo “tzvai, drai minut” (dos o tres minutos). Inmediatamente se acercó el encargado de abrir la puerta, un hombre con todos sus dientes de oro, quien tenía en su poder un abarrotado manojo de llaves, sacó la correcta como cual ganador del viaje a Bariloche, abrió la puerta y me hizo pasar. Me quedé recorriendo la sinagoga y sacando fotos y cuando terminé el cuidador se subió a la camioneta con nosotros para llevarnos hacia el cementerio donde están enterrados dos de los siete rebes de la dinastía de Luvabith. La tumba de los rebes es un Ohel, un espacio que se encuentra protegido y separado del resto del cementerio. Allí la tradición es escribir una carta con deseos que debe romperse sobre la lápida una vez leídos.  

Mijael seguía allí conmigo, de hecho entró conmigo a la sinagoga y al cementerio, no tenía noción de que Lyubavichi tiene tanta importancia a nivel mundial.  Cuando terminé todo el recorrido me dijo que me suba nuevamente a la camioneta y que me iba a dejar en Rudna, un pueblo donde podía tomarme un colectivo hacia
Con Mijael
Smolenska. El camino hacia Rudna, si bien no era perfecto, por lo menos no era de ripio y barro, sino de asfalto mejorado con muchos pozos, pero que se podía transitar cómodamente, incluso con lluvia. Cuando llegué a Rudna había colectivos a Smolenska a cada hora y eran más baratos que el tren, Mijael le rogó al chofer del micro para que me deje subir la bicicleta, me permitió hacerlo pero plegándola. Me despedí de éste gran amigo con un fuerte abrazo y me senté en el último asiento del bus, una hora después estaba tomándome un shnap de vodka en Smolenska para celebrar mi día de aventura.

Si algún día van a Lyubavichi, vayan por Rudna… Pero, si algún día quieren vivir Lyubavichi, vayan por Krasnoye.

viernes, 13 de julio de 2018

La Bella Smolensk

Era de día, pero aún de madrugada, el pueblo de Smolensk dormía y mi bici cargada de cosas atravesaba sus calles de pronunciadas pendientes, se veía bonita y pintoresca, típico en una ciudad europea del este. Su impronta rusa resplandecía con las cúpulas acebolladas de la Catedral de la Asunción que de color verde y con detalles dorados se eleva sobre los demás edificios. La ciudad me dio su bienvenida al cruzar el pórtico del fuerte construido a finales del siglo XVI para evitar los ataques polacos y lituanos, el cual se conserva casi en su totalidad, a pesar de que la ciudad ha sido atacada varias veces.  Por las mismas calles que iba transitando, habían pasado el ejército napoleónico y el ejército nazi, heroica Smolensk que ofreció resistencia.



Llegué al hostel (Local Hostel) a eso de las 8 de la mañana, tenía una reserva a para ese mismo día y todos sabemos que los horarios de entrada suelen ser pasado el medio día y generalmente, si bien te permiten dejar los bolsos, no te dan la habitación. En este caso, afortunadamente sucedió lo contrario y me dieron la habitación sin ningún tipo de problema. La atención fue excelente, me permitieron dejar la bicicleta adentro y tras haber descansado un poco, a eso de las 11 de la mañana activé mi día. Con la cámara en la mano y esta vez a pie, salí a recorrer las calles smolenskanas en un día grisáceo y que de ratos nos sorprendía con alguna llovizna.




Recorriendo la muralla de la ciudad encontré una janukiá (candelabro judío que utilizamos para la festividad de jánuka) en la puerta de una casa, claramente era la sinagoga de Smolensk, decidí probar suerte bajando el picaporte de su puerta y pude abrirla, me mandé sin problema y al llegar al salón principal me encontré con el rabino rezando. Me presenté en idish y seguimos hablando en ese idioma, le conté de mi viaje y después de haberme preguntado si me había puesto tefilín ese día (artilugio utilizado para rezar que conecta la mente con el corazón) me invitó a almorzar en la planta baja de la sinagoga, sacó platos varios de la heladera e insistió a que me los termine. Así fuimos charlando de temas varios y le comenté como seguía mi viaje, al momento de mencionarle que iba a ir a Lituania atravesando Bielorrusia se desesperó en hacerme entender que no lo haga ¿por qué? Porque la frontera entre Rusia y Bielorrusia no tiene puesto de control, entonces no me van a sellar el pasaporte, por lo tanto al momento que quiera salir de Bielorrusia hacia la Comunidad Europea (no hacia Rusia), sí va a haber un puesto de control en el cual me van a pedir dicho sello y voy a tener, seguramente, problemas. A todo esto se comunicó con el rabino de Minsk (capital de Bielorrusia) para cerciorarse si toda la cuestión fronteriza seguía igual y dicho rabino lo confirmó, por lo tanto me pidió que por favor no vaya por ese lado, que mejor agarre por Letonia.

Seguí recorriendo un poco más de la ciudad y regresé al hostel. Cuando llegué, Kathia, la dueña y encargada me preguntó si podía salir un momento al patio, enseguida pensé que me había pensado que me había mandado alguna macana, pero no, el propósito era que estaba el marido, Boriz, tomando vodka con un nigeriano y quería que me sume con ellos. Así fue que empezamos a decir Na zdorovie (salud), a pesar de que, tanto el nigeriano como yo no podíamos hablar demasiado con el ruso ya que su inglés era básico. En eso cayó un chino a la ronda, que se hacía llamar “Antón” y que a pesar de no hablar inglés, hablaba ruso (y chino por supuesto). Eso fue excelente para poder empezar a dialogar con Boriz, yo hablaba en chino, Antón me traducía al ruso y cuando quería hablar el nigeriano lo hacía en inglés, yo lo traducía al chino y el chino al ruso… una tarde en la que para entender una sola frase los cuatros, originarios de distintos continentes cada uno, tardábamos más de unos 10 minutos. Los vacíos lingüísticos se fueron llenando con vodka hasta el punto de que comenzaba a olvidar el problema del cruce por Bielorrusia, situación por la cual ya había consultado a varios amigos “especialistas” en temas migratorios y ninguno sabía algo al respecto de Bielorrusia, pero que unánimemente me recomendaron probar de cruzar… veremos que sucederá en el próximo relato.

Y ustedes… ¿qué me recomiendan?



 











 



jueves, 12 de julio de 2018

Pedaleando por los campos rusos


Pedaleando por los campos rusos

Me fui a dormir sin poner el despertador y así fue como me levanté a las 10 de la mañana, habiendo perdido ya 7 horas de luz para poder pedalear. Tenía que salir lo antes posible, me bañé rápidamente y acomodé la bici como para poder irme. El dueño del hotel se acercó y me dio su tarjeta para que la tenga por si necesitaba algo, también me ayudó a acomodar todo en la bicicleta, sin dejar ninguna cosa suelta y que no se me caiga nada a mitad de camino.

Eran las 11 y ya estaba pedaleando, primero tenía que hacer los 5 kilómetros que había retrocedido el día anterior, es horrible cuando te pasa eso. El GPS volvió a desviarme por otros caminos internos hasta que finalmente terminé saliendo a la autopista, sí,  la mismísima autopista. Algunos dirán que estoy loco, pero muchas veces las autopistas suelen ser lo más confortable para andar en bici, especialmente por el tamaño de sus banquinas. Sin embargo, acá en Rusia las banquinas son finitas, en algunas partes se hacen anchas y en otras desaparecen, pero la mayoría del tiempo son finitas. También algo que me llamó la atención es que la autopista tiene semáforos, sí, semáforos, cuando atraviesa un pueblo y el semáforo se pone en rojo todos los autos frenan y se colapsa la ruta.

El ritmo de pedaleo era lento, las pendientes un poco pronunciadas y la bici si bien es muy cómoda para la ciudad, no está preparada para hacer este tipo de caminos, ni soportar tanta distancia. En verdad la bici se la banca, el que no se la banca es uno. Tomando en cuenta esa situación, decidí que la mejor opción iba a ser tomarme un tren
hasta Smolenks, de acuerdo a lo que había visto en una aplicación de trenes rusos, el próximo iba a salir desde Mozheyst, un pueblo ruso en las afueras de Moscú al que llegué a eso de las 10 y media de la noche tras haber pedaleado unos 91,3 kilómetros.

La boletería de la estación estaba cerrada, le pregunté a una persona si hablaba inglés, me dijo que no, pero utilicé el traductor para preguntarle donde podía sacar los pasajes y me dijo señaló que debía hacerlo en el andén de la estación, que se encontraba en el medio de las dos vías férreas. O sea, tenía que cruzar el puente con la bici totalmente cargada, para ir a sacar el pasaje.
Por suerte el puente tenía como dos barras de metal sobre su escalera, que estaban para utilizarse como rampa. Empecé a subirlo con la bici toda cargada y una persona se acercó a ayudarme, milagrosamente hablaba inglés, así que aproveché para preguntarle donde debía sacar el pasaje, me dijo que lo haga en las máquinas que estaban en el andén. En ese mismo instante llegó su esposa desde de un tren proveniente de Moscú, él le contó mi aventura y ella no lo podía creer.  Vladimir, mi nuevo amigo, me había dicho que debía comer algo antes de sacar los pasajes, entonces le pedí que me sugiera un buen lugar para ir, él me dijo que se encargaba de traerme algo y se mandó nomás. No alcancé a avisarle de que era vegetariano, pero su esposa lo llamó inmediatamente por teléfono para advertírselo. Al rato apareció con un wrap vegano, con dos panes rellenos de “kartoshka” (papa) y con una coca, le agradecí por el hermoso favor que me hizo y cuando le quise pagar se negó rotundamente, les insistí sin parar y se negaron ambos con total firmeza. Vale aclarar lo siguiente, ya que muchos me dirán “Topo, vos sos un experto en obtener gratuidades”, es verdad, pero siempre y cuando provengan de corporaciones u organizaciones varias, pero nunca de los laburantes.

Vladimir me mostró sus fotos en el partido de Rusia – Egipto, el de la goleada por 5 a 0, yo les mostré las fotos del partido Argentina – Francia, eran bastante fanáticos del mundial, de hecho, la esposa de Vladimir, que trabajaba en recursos humanos de Coca Cola, tenía una edición especial de las botellas de vidrio de Coca en las que estaban tallados los resultados de cada partido. Les pregunté si vivían en Mozhaysk y me dijeron que vinieron a visitar a la abuela de Vladimir y luego regresaban a Moscú.
Me agregaron al whatsapp y se sorprendieron de que en mi foto aparezca con traje, mi imagen seguramente que aparentaba ser la de un mísero pordiosero. Después de un buen rato de charla, Vladimir fue a sacarme los pasajes, bajó el al andén así no tenía que ir yo con la bicicleta cargada, cuando regresó me dijo que no se podían sacar los pasajes en las máquinas y lo que tenía que hacer era subirme al tren cuando venga y arreglar con el guarda. El pasaje costaba 1.200 rublos y me advirtió de que cuando me cobren no pague más que eso.  Me despedí de ellos regalándoles un llavero de Argentina a cada uno y me quedé esperando en una especie de hall vació que tenía la estación, en el que aparecía cada tanto algún borracho para utilizar el baño.

Media hora antes de la 1.13, horario en el que llegaría el tren, tras haber vuelto a cargar la bicicleta en el puente, ya estaba en el andén. El guarda me dejó pasar sin ningún problema y ahí me quedé esperando la llegada de la formación. En el andén éramos muy poco, además de mí y el guarda, estaban dos policías y una
señora que vendía café, nadie más. Me tomé un buen café “chorni” (negro) y los policías intentaron charlar conmigo, pero la barrera idiomática impedía cualquier tipo de conversación. Al rato apareció otra persona más que iba a tomar ese tren, me dijo que me iba a ayudar a subir la bicicleta. Llegó el tren y las guardas sólo me pidieron el pasaporte para ver si estaba “legal” en el país y subí sin ningún tipo de problema, dejé la bici toda armada en un pasillo y me recomendaron llevarme las cosas de valor conmigo. Me asignaron una litera (en la parte de abajo por suerte) y una de las guardas me trajo sábanas y una almohada para que duerma. Nadie me había pedido pasaje, nadie me había cobrado nada, me resultaba raro, sabía que en cualquier momento iba a venir un terrible guadañazo.
Dormí alrededor de una hora cuando el tren paró en una estación que no recuerdo el nombre, el chico que me ayudó a subir la bici en Mozhaysk me dijo que teníamos que ir a sacar los pasajes, el tren iba a estar detenido ahí por 15 minutos así que teníamos tiempo, sacamos el pasaje en la ventanilla de la estación y nos terminó costando tan sólo 700 rublos.

Eran las 2 y media de la mañana y ya era de día, la noche no existe en el verano ruso, costó dormirme con la luz del sol, pero de a poco lo fui logrando. Cuando ya estaba plácidamente dormido, me vinieron a despertar diciéndome “Smolensk”, ya había llegado.

El video de la aventura en el siguiente link: 











martes, 10 de julio de 2018

Salir de Moscú


La calle Prospekt Mira dejó de albergarme en Moscú, me despedí con mucho afecto de los residentes de la Moishe House, lugar donde me hospedaron de onda durante todos estos días y me hicieron sentir con la calidez de un hogar en una ciudad tan lejana. Me pregunto tan lejana a qué ciudad, si a Beijing o a Buenos Aires, pero ese sería un tema de debate para otro momento.

Eran las 11 de la mañana y salí nomás, la bici estaba llena de bártulos, otra vez la pesadilla de llevar muchas más cosas de las que necesitaba y preguntarme entonces, por qué mis viajes no consisten en algo sencillo: una valija y una mochila, ir a un aeropuerto o a una terminal de trenes, subirme a un avión o a un coche moderno, llegar al punto de destino y listo. Pero no, ahí estaba, como siempre me pasa, arriba de la bicicleta. Porque la bicicleta es la aventura, es conocer lo que no está escrito, es inmiscuirse en otras realidades, las realidades que el turista no ve. Es así que salí con el objetivo de llegar a la ciudad de Smolenska, que está a unos 360 kilómetros de Moscú y para eso tenía pensado pedalear durante tres días. Decidí dar mi última vuelta por Moscú y grabarme en la retina aquellas maravillas arquitectónicas que seguramente volveré a ver, ojalá, dentro de muy poco tiempo.

Las ciudades tienen una fuerza magnética que te aprisionan, no dejan que te escapes de ellas con facilidad, estamos encerrados entre sus calles y escaparnos puede resultarnos algo agobiante. Moscú no fue la excepción y creo que comparándola con las otras urbes de las cuales he huido, la capital rusa fue sin dudas la peor.
Todo venía bien, a pesar de la cercanía con la que me pasaban los colectivos y camiones, hasta que una vez en el conurbano moscovita el mapa de Google me llevó a un camino sin salida… No fui austero con las puteadas y antes de resignarme a seguir, cambié la modalidad del mapa pasando de “a pie” a “en auto”. El nuevo mapa me llevaba por un sendero hermoso, poco tránsito y sin tantas pendientes, así estuve tranquilo por unos 5 kilómetros hasta que la alforja delantera se desprendió, era una caja de plástico que había atornillado yo mismo al manubrio de la bicicleta y que como era de esperar dada mi nula habilidad, la caja terminó rodando por el piso… Cabe destacar que aproveche la resistencia de esa caja para poner las cosas importantes, como la computadora, la cámara, el pasaporte, etc. Todo eso rodo por la ruta, por suerte cayó para el lado de la diminuta banquina, levanté la caja y con unas sogas la até resto del equipaje en la parte trasera de la bicicleta y continué el viaje.


La cosa empezaba a mejorar, el camino no se terminaba, la caja no se caía, pero… aparecieron las pendientes, malditas pendientes que debía atravesar con una bici de tan sólo seis cambios (un solo plato y seis piñones). Pedaleé duro, como cuando hice los Siete Lagos, pero con una pendiente que no era más empinada que la del Parque Lezama. Cansado llegué a la ruta que conducía a Smolenska, lo bueno era que las pendientes habían desaparecido, la felicidad volvió a resplandecer en el camino hasta que después de haber pedaleado unos pocos kilómetros desapareció la banquina, los camiones abundaban y no bastaba circular por la línea blanca para evitar el atropello. Antes de que me pasen por encima decidí frenar y regresar hacia atrás, al lugar donde había banquina, me puse a buscar otra ruta en el mapa y había una a 10 kilómetros de ahí atravesando unos caminos internos. No sabía si la nueva ruta iba a tener o no banquina, pero me mandé igual, atravesé calles extrañas y llenas de pozos para conectar una ruta con otra y los monoblocks soviéticos eran el único paisaje, bloques de piedra que tapaban a un sol naranja que comenzaba a esconderse a eso de las 9 de la noche, pero con la suerte de que en el verano ruso el atardecer es paulatino y dura hasta las 11.


Como por arte de magia llegué a la otra ruta, que sí tenía una banquina aunque bastante pequeña, lo que sí, a unos 2 metros de la ruta había un camino peatonal que me resultó mucho más cómodo para poder pedalear sin tener que estar atento al tránsito. No sabía a donde iba a dormir esa noche, quizás en las mesas de una estación de servicio o directamente no iba a dormir.

Finalmente llegué a un centro comercial donde pude sentarme en las mesas de un McDonalds y chquear donde podía llegar a pasar la noche, estaba muy cansado y realmente no quería dormir sobre una mesa, empecé a buscar en internet y encontré un hostel a 2 kilómetros regresando por la ruta en la que vine. Allí me dirigí, costó encontrarlo pero finalmente llegué. Como era de esperar, los de la recepción no hablaban otro idioma que no fuera ruso, una chica que estaba parando ahí sabía un poco de inglés y me vino a ayudar, pero esa traducción sólo sirvió para decirme que en el hotel no aceptaban a extranjeros, algo que me había sucedido varias veces en China y que esta vez comenzaba a pasarme en Rusia. Insistí y rogué, pero nada, me terminaron mandando a otro hostel que me marcaron en el mapa, estaba a 3 kilómetros regresando por la misma ruta, o sea que en total iba a perder 5 de los kilómetros recorridos. Este hostel estaba a unas 10 cuadras de la ruta, en un barrio todo obscuro con calles poco asfaltadas y el ladrido de los perros era la música de fondo. La calle por la que me mandaba el mapa se terminó, otra vez lo mismo, volví a putear, como hice en la tarde y retome por otro lado, lo hice caminando, ya no quería pedalear más… a lo lejos vi una casa con luces violetas en las paredes, aparentaba ser un prostíbulo más que un hostel, pero mientras hubiese una cama para dormir me conformaba.

Llegué y había dos personas en la puerta, les indiqué con señas que quería quedarme, me hicieron entender que no, moviendo el dedo índice hacia los lados. Insistí e insistí, mientas por dentro pensaba por qué no había traido la carpa. Saqué el celular y en el traductor les escribí que no hablaba ruso, que era argentino, que venía en bicicleta y que necesitaba un lugar para dormir. Siguieron diciéndome que no, recurrí al humor como herramienta infalible y les escribí en el traductor lo siguiente: “menos mal que existe la tecnología para que podamos entendernos, sino estaría peor que Argentina en la Copa del Mundo”, parece que eso los aflojó un poco y me preguntaron si mí idioma era “spanski” (español). Les dije “da” (“sí”) y me dijeron “minuto”, que por suerte se dice igual en ambos idiomas.

Esperé ese minuto y se acercó la esposa del dueño, Julia, que había estudiado español en la universidad de Moscú y había viajado varias veces a Barcelona, sólo vino para decirme que no podía quedarme en ese lugar, porque la ciudad estaba sitiada y no se podían recibir extranjeros ya que era una zona de fábricas militares y que ahí en ese hostel se quedaban los obreros que venían de otras partes. Estaba jugadísimo, insistí sin parar y les rogué que por favor me dejaran quedar ahí, que era una sola noche y que me iba cuando ellos me decían, tanto insistí que finalmente me terminé quedando.

Me pidieron que sea sólo por esa noche y que lo hacían como excepción Dejé la bici en un cuarto, le saqué todo el equipaje y me mandaron a una pieza con seis camas, pero donde iba a dormir yo solo. El estilo soviético resplandecía en los colores grises de las paredes, las camas con elástico de alambre y la foto de Stalin colgada en la oficina administrativa. El dueño del hotel me pidió el pasaporte y el FAN ID, que funcionaba como tarjeta de entrada Rusia, escaneó las dos cosas y me cobró la suma de 1.500 rublos (25 dólares).

Lo primero que hice fue pegarme un baño, volví al cuarto y me golpearon la puerta, era el dueño invitándome a comer, le dije que era vegetariano y me sirvieron un plato de papas hervidas con kétchup, una rodaja de pan y un chocolate que me dijeron que era para el té, un té rojo riquísimo.  Estábamos en la mesa junto al dueño del hotel, su esposa Julia estaba en la cocina, una relación puramente machista. Apareció otro ruso y luego un bielorruso que trajo un vino de su país y que insistió para que lo pruebe, tal era la insistencia que tuve que degustarlo y resultó ser más rico de lo que esperaba, en verdad estaba buenísimo.  

Si bien la conversación era imposible de llevarse a cabo, sólo usando el traductor de Google o mediante Julia, ellos insistían en querer hablarme y yo también quería saber más de la vida que llevaban, pero sólo me hacían preguntas y evitaban responder lo que yo les consultaba. No duré tanto en la mesa, estaba cansado de los 57 kilómetros pedaleados y me fui a dormir para continuar la aventura al día siguiente.













Podés ver el video en el siguiente link:

domingo, 1 de julio de 2018

Una vez vi un mundial

Ya teníamos encima 14 horas de viaje, en rutas con semáforos y calzadas en reparación, con 5 controles policiales en los que nos pedían portar todo el tiempo nuestro FAN ID y un mal humor reinante en un micro con asientos que no se reclinaban y un chofer que si bien era un peligro al volante, respetaba una sola norma de tránsito: la de no exceder la velocidad permitida.

Faltaba poco para llegar y me puse a charlar con Diego Iglesias, periodista de la radio Metro que tenía que salir al aire a las 16 horas de acá y no tenía mucha batería en el celular, le presté mi cargador portátil y salió el tema de que vivía en China, eso se transformó en un bombardeo de preguntas que permitió que el tiempo fluya con mayor facilidad y que me ligue (según me dijeron) un saludo por la radio.

A las 15.30 horas estábamos en Kazán, que parecía un ciudad argentina, no se veían rusos en las inmediaciones del estadio, salvo aquellos que formaban parte de la organización o los que atendían los negocios, franceses había pocos, tan pocos que la canción era “pasala vos, dámela mí, vinieron todos en un remís”, había muchos peruanos (siempre bancándonos) y chinos, que vinieron a ver a Messi (no a la selección). 
Las inmediaciones al estadio tenían espectáculos artísticos callejeros, algo raro de encontrar en la previa a un partido de fútbol, cuando en verdad se esperaba el olor a chori y la melodía de la hinchada enardecida.


Llegamos a tiempo a la cancha, pude enganchar un wifi en un bar para avisar que había llegado y luego perdí todo tipo de señal, había una conexión a wifi en la que te pedían poner el número de celular para que te llegue un mensaje de texto y así puedas iniciar sesión, algo totalmente ridículo, ya que la mayoría de los asistentes éramos extranjeros y contar con un número de teléfono y señal de roaming era bastante complicado. De todas maneras ¿quién necesita internet cuándo frente a tus ojos vas a tener uno de los eventos más importantes de la humanidad?

La algarabía argenta erizaba la piel y enorgullecía el sentimiento colectivo, éramos ese puño cerrado gritando por Argentina. Las camisetas de clubes antagónicos se entremezclaban en una misma ronda en la que se compartía una cerveza, un mate o un abrazo. Todos marchábamos a ser ese mítico jugador número 12, a bancar al equipo en directo, a influir con nuestro aliento en el ánimo de los que iban a acariciar la redonda.

Los controles de seguridad eran exhaustivos, estaba prohibido llevar trípodes de cámaras, ni lo sabía y pasé el control con el trípode en la mano, enseguida me mandaron a la entrada nuevamente para que lo deje en un lugar. Era todo un tema el tener que salir para volver a entrar, por lo que decidí meter el trípode en la mochila y pasar por otro puesto, pusieron la mochila en el scaner, luego la abrieron, vieron el trípode adentro y sin decirme algo al respecto me hicieron pasar sin ningún problema.

Entrar a un estadio provoca siempre ese vértigo inexplicable, ese pasto verde brilloso y las tribunas colmadas de hinchas te emociona hasta la médula. En el mundial todos nos transformamos en niños, nos sorprendemos como niños, lloramos y gritamos como niños, yo sin dudarlo era un niño, ese niño que en el mundial del 98´ tras haber perdido contra Holanda lo llevaron a tomar un helado para consolarlo y el heladero le dijo “ya vas a ver a la Argentina campeón del mundo, sabés la cantidad de mundiales que te quedan por ver” y ahí estaba el niño ilusionado con esa frase, todos los mundiales esa frase aparece como alentadora y quizás sea éste el mundial de verlo.

Fui con mi entrada en la mano buscando el asiento, me había tocado la puerta 6, área 114 b, fila 4, asiento 14. ¿Qué significa eso? Que sorprendentemente estaba atrás del arco, a tan sólo cuatro filas del campo de juego, a un punto tal que los suplentes de la selección estaban al lado nuestro mientras hacían el precalentamiento. Algo increíble esa ubicación, especialmente porque había sacado la entrada más barata de todas, a veces (muy pocas veces) termino cayendo bien parado.




El gol de penal de Francia lo vi al lado, eso no impidió que la hinchada deje de alentar y ese aliento se incrementó con el gol de Di María que dio el empate y el gol de Mercado que nos llevó al ánimo de victoria. El empate de Francia empezó a desmoralizarnos y ni hablar los dos goles sucesivos. Dejamos de cantar, nos amargamos, parecía una pesadilla, la ilusión de tenerlo todo y luego perderlo en un minuto, nos desbarrancamos y lo mismo le pasó al equipo. Agüero nos hizo respirar un poco, pero ya estábamos terminados, la última jugada con el gol de Fassio la tuve al lado, fue tremendo, si eso hubiese sucedido creo que entrábamos todos al campo de juego a abrazarlos, sin importarnos la seguridad, el FAN ID y la deportación… Pero no… La realidad fue cruda y triste, fue el partido más hermoso que tuvo el mundial hasta ahora, un partido en el que daban envidia los espectadores neutrales, ya que lo disfrutaron sin poner en juego sus sentimientos. Fue tedioso vivirlo como argentino, una ciclotimia de sentimientos que te terminan angustiando más de la cuenta. 


Estábamos afuera de la copa del mundo, un sentimiento confuso de alegría por haber visto un partido del mundial mezclado con la tristeza del adiós. Nos quedamos un rato sentados en la cancha mirando hacia la nada, puteando a los rusos que con cortesía nos decían “goodbye”, pero que no entendían que nosotros lo interpretábamos con un adiós a la copa. Por dentro puteaba a todos, desde los franceses a los rusos, desde Sampaoli hasta Messi, no se salvó ninguno, incluso puteé al heladero que me ilusionó con que algún día iba a ver campeón a la Argentina.

Pero no caben dudas de que ir a ver un partido del mundial y más que nada un partido de la selección, es uno de los gustos más hermosos que nos podemos dar en la vida, espero que pueda tener nuevamente la experiencia de ver el mundial en la cancha y ojalá que en Qatar pueda decir finalmente que el heladero tenía razón.


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